:::Cubo de basura inorgánica:::

El tiempo se escurre líquido y frío por mi cara, los sentimientos tratan de agarrarse a mi piel pero acaban siendo arrastrados por las gotas que enmarcan mi cara roja del calor que produce la fricción entre el tiempo que se escapa veloz y mi carne que queda intentando seguirlo a donde quiera que vaya sin moverse de su sitio. Aquí encierro a los que alcanzo, para rociar mi recuerdo con ellos cada vez que me sea preciso...

martes, enero 03, 2006

TODO. (Pereza)

Vuela, vuela, vuela conmigo,
cuélate dentro dime chico,
dame calor, sácame brillo,
hazme el amor en nuestro nido.
No quiero nada, nada más,
me sobra respirar.
Sube, sube, sube conmigo,
déjalo todo, yo te cuido,
ven a Madrid, ten un descuido,
haz cosas mientras yo te miro.
No tengo miedos, no tengo dudas,
lo tengo muy claro ya.
Todo es tan de verdad
que me acojono cuando pienso
en tus pequeñas dudas, y eso
que si no te tengo reviento,
quiero hacértelo muy lento.

Todo, todo, todo, todo,
yo quiero contigo todo.
Poco, muy poco a poco, poco,
que venga la magia y estemos
solos, solos, solos, solos,
yo quiero contigo sólo,
solos rozándonos todo, sudando, cachondos,
volviéndonos locos, teniendo cachorros,
clavarnos los ojos, bebernos a morro.

Sueña, sueña, sueña conmigo,
escríbeme luego un mensajito,
dime hacia donde yo te sigo,
si tu te tiras yo me tiro.
No tengo miedos, no tengo dudas
lo tengo muy claro ya.
Todo es tan de verdad
que me acojono cuando pienso
en tus pequeñas dudas, y eso
que si no te tengo reviento,
quiero hacértelo muy lento

Todo, todo, todo, todo,
yo quiero contigo todo.
Poco, muy poco a poco, poco,
que venga la magia y estemos
solos, solos, solos, solos,
yo quiero contigo sólo,
poco muy poco a poco,
que venga la magia y estemos
solos rozándonos todo, sudando, cachondos,
volviéndonos locos, teniendo cachorros,
clavarnos los ojos, bebernos a morro.

Dame, que aún te queda, dame un poco más,
dame que lo quiero todo.
Siento que cada vez más, tengo celos de todo.
Dame, que aún te llega y todo llegará,
dámelo sólo a mi solo.
Siento que cada vez quiero más.

Todo, todo, todo, todo,
yo quiero contigo todo.
Poco, muy poco a poco, poco,
que venga la magia y estemos
solos, solos, solos, solos,
yo quiero contigo sólo,
solos rozándonos todo, sudando, cachondos,
volviéndonos locos, teniendo cachorros,
clavarnos los ojos, bebernos a morro.


Sé que la persona que me viene a la cabeza cuando escucho esta canción no perderá su tiempo echando un vistazo a mi blog, pero aún así, por si una tarde llueve y no ha quedado con nadie, ni está paseando conmigo porque él así lo decidió ni tiene nada mejor que hacer que dejarse caer por aquí... Que sepa que la mayor torpeza de mi vida la cometí un veinte de diciembre y que no he dejado de tratar de pegarle las hojas al calendario para poder volver atrás y cambiándolo todo hacer que aún siguiese sintiendo lo que sentía.

No me quito de la cabeza aquel paseo por el Retiro.

lunes, enero 02, 2006

No les cuentes que soy humana...

Todo lo que fuese a decir a continuación se reduce al título.

miércoles, diciembre 21, 2005

Tú sonríes

Mis ojos.
Impacientes por mirarte un segundo más.
Desarmados, esperando un nuevo ataque tuyo.
Los sentimientos los limpio con la servilleta,
y quedan sobre el papelucho blanco, impregnados,
de la salsa rosa del cóctel de langostinos.

Tú sonríes.
Yo te sacudo con el palo de la escoba
y oscilo entre el pedir perdón y el golparte de nuevo.
Pero al mirarte de nuevo extasiada, me duele ser tan torpe,
me duele saber que me miras y se me cae el orgullo,
y se me rompe.

jueves, diciembre 15, 2005

Princesa de vísceras y de riñones

Mi pequeña princesa y su parálisis de mimbre y zapatitos blancos de sevillana han vuelto a pensar en arrojarse al vacío por la terraza de la cocina.
Mi princesa ha llorado escarcha y ha gemido y ha rociado su llanto con su aliento y ya no hay vuelta atrás.

Su rubia melena está blanquecina y empapada ahora que las nieves han caído y yo olvidé que la habá abandonado en el pollete de la ventana. Mi princesa tiembla y desea besar a la muerte, ha tratado de taconear y se ha caido y ya no hay vuelta atrás.

Mi princesa se ha pinchado con un témpano de hielo y de su sangre no han nacido ni rosas, ni lágrimas. La duele el cráneo del frío con ese dolor de muchos dolores que parece perforarnos y arañar el parqué y destrozarlo a dentelladas y todo manga por hombro y ya no hay vuelta atrás.

Mi princesa y su mirada de hermosa muñeca hecha de paja y de porcelana han vuelto a quedarse quietas, han tratado de largarse y se han cansado, y han decidido perderse en el cuarto de baño y se han perdido, y ya, no hay vuelta atrás.

Mi pequeña princesa, capricho de un día nublado siente que sobra ahora que el sol vuelve a salir, y con hilo moliner y una aguja de punto de cruz apenas sin punta, se ha cosido su boquita de fresa y con una mano se ha arrancado la otra y ayudándose de los dos pies la que aún la quedaba y pedacitos de paja caían al suelo y ya no había (maldita sea) vuelta atrás.

Mi princesa ha soplado la paja, ha querido morir y ha muerto fría, manca y sola. No era mía ni de nadie, pues se ha ido sin que yo ni nadie podamos remediarlo; enterrada en su cajita de interior de terciopelo yace fría, manda y sola y con los ojos sin pintar, en su caja de escayola donde YA NO HAY VUELTA ATRÁS.

miércoles, diciembre 07, 2005

De vuelta y media

Todo vuelve a empezar. El día, la llegada a la estación en que espero a que llegues diez minutos más que lo que hubiera debido, el olor a fritos en el restaurante, los platos de suciedad con algún resto de comida maldita que nos han servido, los retortijones, la comida sube y baja en el estómago pero no llega a ningún lugar por el que pueda escapar del cuerpo.
Como cuando te pierdes y caminas cien metros hacia adelante porque sabes que estás en la calle correcta pero no llegas, y temes irte demasiado lejos y vuelves hacia atrás pensando que igual lo has pasado, que igual te bajaste demasiado tarde del autobús y no te fijaste bien en el camino, ciento y pocos metros y temes de nuevo llegar al confín del mundo por el oeste, donde aguardan todos esos monstruos que nos esperan al final de esta Tierra plana, y el caer en la cama y el techo te de una vuelta y cuando crees que otra nueva empieza, en ese mismo momento...
¡No!
No caes en que es también la misma que empieza de nuevo y empieza, como el reloj, como el disco de "Blondie" en el reproductor de vinilos y como el recorrido que hago a lomos de uno de los monstruos del Oeste a una velocidad tan rápida que el viento se asusta de golpearse con mi cara y se aparta y consigo no despeinarme.
Despierto, sudo gotas redondas que no empiezan y no acaban, que cabalgan sobre mis sueños desde la frente hasta la almohada y se dividen, escapan entre las plumas o quién sabe si tal vez echan a volar en cuanto vuelvo a quedarme dormida.
Muero y de mí se alimentarán alimañas que parirán alimañas que serán como yo, y mi vida dará otra vuelta que la erosión de la velocidad a la que esta inmensa rueda gira transformará casi por completo en su forma física y caeré en la cama a que mi habitación de vueltas que vuelven, y vuelven, y vuelv... y vue... y v... ... .

miércoles, noviembre 16, 2005

Sin título I.

El sofá estuvo toda la tarde soportandome en su falda. El parqué sostenía y enjugaba las lágrimas que resbalaban por mis mejillas rosadas y reflejaban en su faz cristalina la escena de tu marcha. De tu marcha sin retorno.
-"No volveré a llorar por tí", me decía a mí misma rompiendo en llanto al terminar. Los pañuelos de papel se habían acabado. Las películas románticas habían terminado ya, y no quedaban rayos de sol alumbrando el cielo triste.
La almohada me llamaba a voz en grito desde la habitación, mezclándose con los gritos de los cuchillos de hoja fina, propicios para cortar carne y yugulares, para acabar con todo tipo de gritos reales y subreales que retumbaban en mi cabeza aquella noche con más eficacia aún que los tapones de cera con la forma del cartílago inferior de la oreja.
No quedaban palomitas.
Buscaba semidesnuda por la cocina, secándome el llanto con el enorme jersey de lana beige que hacía que me picase el pecho. -"No volveré a llorar por tí" e intentaba excusar las lágrimas que morían en mis labios diciendo: "No es justo que no queden palomitas." Tampoco era justo que tú no estuvieras allí para besar mi llanto o darme una palmada en la espalda acompañada de mi mirada insolente y un largo y caluroso abrazo que picaba bajo mi jersey de lana beige. Ahora el tiempo me extiende crema en las yagas que van cerrándose poco a poco, y tú te has perdido en un manojo de recuerdos a bolígrafo en un diario sin candado que arde junto a todo lo que manché de absurdas lágrimas por tí.

viernes, noviembre 04, 2005

Alumno confundido de la fiebre y la paranoia.

-No, John. Tú no puedes llegar con tus aires de grandeza ahora, así de repente y querer que todo cambie. Que todos dejemos de ser materialistas como nos llamas, para basar nuestra vida en preguntas sin respuesta, en lucha con nuestra mente olvidando los sentimientos propios y buscando la normalidad, intentando saber donde está escondida ella con tantas otras cosas. Nadie pidió que vinieras, aunque en realidad me alegro de tenerte aquí, pero John ¿Qué puedo hacer? Tú dejandote llevar por la marihuana y el cognac, corriendo desnudo por los pasillos del hotel donde Lance te instaló, dejando su nombe respetado y conocido por todos tan sucio como tus pulmones. No puedes quemar más colchones sólo por no encontrar respuestas, volver al cognac y a reírte desnudo sudando a chorros sobre el viejo sofá de casa de Anne, que sabes que te soporta y ya no sé si es por amor, o te compadece o se siente obligada sólo porqué se siente culpable por haberte enamorado así. Sabiendo yo que no estás enamorado porqué en tu cabeza ya sólo caben recuerdos absurdos de tiempos mejores y paquetitos de humo azulado que hace que tu mirada sea rojiza. Sabes bien John, que te hube admirado mucho tiempo, pero ahora he comenzado a verte como un simple demente, que se ha perdido en espacio y tiempo, tal vez entre las hojas que tanto vendiste y tan caro, o qué sé yo. El caso es que me pudre el saber que yo me eslomo y sé que estás enfermo y que al fin, podré enseñarte algo, ganarte en uno de estos juegos filosófico-mentales que siempre me proponías (supongo que para humillarme), y cuando tú en tu absurda enfermedad leas lo que yo escribo de noche y guardo bajo mi almohada, verás que esta vez yo he sido superior. Y lo peor es que tú en tu locura sin fin, en tus sudores fríos bajo el pulóver verde, en tus revolcones desnudos sobe el sofá viejo de Anne, lo leerás y contestarás con una frase que echará abajo todo lo que he tratado de escribir. Recuerda el pasado John, sé que lo echas de menos. Odiabas Nueva York pero allí habías conseguido dejar casi por completo la marihuana, ya sólo te drogabas un poco antes de escribir, sólo para poder encontrar el punto entre el papel y la silla, entre tu historia y la tinta. ¿Por qué narices mencionas a Jesucristo omnipotente cada vez que hablas de tu presente, y no haces nada por dejar lo que no te arruinaba la vida en el pasado? No te prohibiría fumar jamás. Hablé con Anne y la pedí que no te consintiese demasiado, que no te diese dinero para más droga y ella, dijo que poca cosa podría darte ya, que no teníais nada ninguno, a parte de tú tu locura, y ella tu locura, y yo luego la dí algunos billetes, poca cosa, solo para que tú, (maldito cobarde) pudieras comer y drogarte sabiendo que ella sería tu cómplice, y que yo no tendría nada que ver, aunque aún así la entregué en mano el fajo que dobló en sus manos hasta hacerlo desaparecer. El caso es que tú John, que tan bueno eres con tus letras, deberías dejar de filosofar cosas estúpidas y pensar en lo que has perdido, en Anne, o en las fundas del sofá llenas de manchas negruzcas que me dan un asco infinito cada vez que veo allí sentada a tu pobre mujer llorando porqué no sabe como hacer para imponerse a tus caprichos.
John me miraba divertido. Yo sabía que había vuelto a drogarse, que Anne había vuelto a prestarle la botella de cognac que yo mismo escondí, sólo diciéndole a ella donde se encontraba.
Los días pasaron. John escribía sobre sus sudores helados, sobre el color de sus mejillas cuando lloraba de noche, y después acababa el texto con un "Pareces una cincuentona menopáusica" y tiraba los papeles que yo recogía y leía, sabiendo que hacía mal e intentando no saberlo. Anne me llamó el nueve de febrero a las siete de la mañana. Yo había pasado la noche con Geraldine y estaba algo cansado, la verdad. Ella decía que era urgente, que la fiebre de John había subido de nuevo, que era demasiado largo para ser tan solo una gripe, decía también que yo era su única esperanza, que a John le agradaba hablar conmigo. Llamé a la puerta y todo era como las dos últimas semanas. Johnny repetía sus teorías sobre la vida, sobre el cielo y se reía con cara de pobre enfermo envuelto en las cortinas caídas del salón de Anne que estaba manga por hombro. Ella me llamó al pasillo y yo acudí sin querer oír nada nuevo, porqué a mí me dolía oír las burradas que decía John, verle como un crío tirado riendo y llorando a la vez y echando un aliento embriagado de cognac entre cada estupidez que me soltaba como si quisiera crucificarme. John debía acudir a la universidad de la ciudad en dos días, a hablar sobre sus libros y su historia, que seguramente inventaría como hizo tantas otras veces. Yo se lo comenté. John, pasado mañana has de dar aquella charla, deberías dejar la marihuana un par de días, hasta que hables con los chicos de la universidad de letras.
-No. Dos días en tu reloj, son en mi mente lo que yo quiera que sean, o quizás lo que mi subconsciente quiera que sean y creo que esta vez estamos de acuerdo. ¿No entiendes que dejé atrás el reloj al volver de Nueva York?, Ahora tus horas son sólo tiempo que a veces pasa y otras se detiene según lo que me agrade lo que ando escribiendo. ¿Por qué sinó unos segundos son más largos que otros?
Me dolía que fuese verdad. Que él fuera de sus cavales pudiese enfrentarse al tiempo (tal vez por estar fuerade sus cavales) Y yo aquí, intentando ganarle una vez y hacerle aprender algo, y aún así me siento su alumno por siempre. Eternamente su alumno. Comprendo ahora que John no es John. No el John que yo creí conocer con ese nombre, ese rostro, y esa cicatriz en el entrecejo. John era esta vez lo que yo siempre había deseado en silencio. Lo que ni a mí mismo pude confesarme nunca. Era un fracasado cazador de pensamientos. De filosofía que era lo único que le quedaba ahora que se había gastado todo su dinero. Él no se drogaba para huir, solo que era tan desgraciado que fumaba para poder ver la realidad si querer cortarse las venas. Sus paranoias acababan donde comenzaba la alargada sonrisa de Anne, y tanto la deseaba que la castigaba por no poder tenerla siempre. Me senté frente a él sin querer enseñarle y sin evitar aprenderle, él acarició mi cara como para reconocerme dentro de su fantástico mundo temporal, y comencé a tatarear una de esas canciones que él tan bien interpretaba con su viejo saxo. Él comenzó a canturrear sonriendo sin querer, olvidando su papel de enfermo sobre el pequeño teatro de marionetas que su tío Frank (médico en Suiza), le regaló al cumplir ocho años. Olvidaba su papel de enfermo y se dejaba llevar por la suave música que sonaba en su cabeza tocadas por un saxo alto entre las caladas que le había dado al cigarrillo hacía unos quince minutos. Miento. Tres horas. ¿Tres horas? ¡Tres horas! Volví a darme cuenta de que John era implacable por cualquie mente sana, quizás por cualquier mente enferma también. El tiempo pasó fugazmente cómo él dijo que pasaría si olvidaba el pesado tic-tac del reloj de pared del salón. Caí en la cuenta de que la marihuana no podía haber tocado el saxo esta vez, y supe que la fiebre volvió a subirle demasiado. Le tomé por la espalda y le apoyé en mi camisa que quedó empapada de su sudor gélido y seguimos canturreando mil veces la misma canción hasta en anochecer con nuestras cuerdas vocales afinadas en un mi menor barato y ahogadas en una copa de cognac (barato también) que por cierto iba a ser la última esta noche (más para él que para mí) al menos por esa noche. Cuando él fué al servicio comencé a pensar que había pasado todo el día en el comedor-bochorno (a causa del helado sudor de resbalaba por su frente) sin comer ni beber, había olvidado a mi Geraldine a la que tanto quería una noche de cada mes, y ya echaba de menos otro día como aquel, sumido totalmente en la mente de mi amigo John.

Historia de un día de nieve.

Estaré toda la mañana enlatada en conserva y perdida en el tiempo. Esperaré a que llegues, y comeremos a la luz de las velas una dieta mediterránea, tendremos sexo y nos diremos te quieros y derivados. Después marcharás. La cocaína será de nuevo tu fiel compañera del viaje hacia la nada. "No volveré a hacerlo" decías.
A las seis regresas y abres el paquete que me contiene envasada al vacío. Más te quieros, más besos, más caricias. Procederemos a olvidar las lágrimas del postre en el que no estuviste presente. ¿Otra raya? Bajaremos la escalera y caminaremos unos minutos, llegaremos al parque en el que nos acostaremos a coquetear con el césped verde, me sonreirás de color amarillo y me abrazarás de color negro.
Volvemos a casa gritando a fin de justificar tus adicciones y mis ataques de nervios celos y locura.
"No quiero verte" (El personaje de VÍCTIMA 1 deja caer unas lágrimas acompañadas de suspiros, sin hacer demasiado ruido, tratando de dar pena.)
Esa noche dormiré en un tetra-brik que me haga sudar. Vendrás a buscarme a las ocho con churros y chocolate. Después pasaré toda la mañana enlatada en conserva y perdida en el tiempo.